Orgullo y humildad: Una reflexión

Dios y el orgullo

  La palabra de Dios está repleta de críticas al orgullo. Veamos algunos ejemplos:

Salmo 138:6[1]

El Señor es excelso, pero toma en cuenta a los humildes y mira de lejos a los orgullosos.

Proverbios 11:2

Con el orgullo viene el oprobio; con la humildad, la sabiduría.

Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5

Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes.

Salmo 18:27

Tú das la victoria a los humildes, pero humillas a los altaneros.

Mateo 23:12

Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

El orgullo primeramente lo vemos en la Biblia en Génesis 3. Un tiempo después de Dios culminar Su creación, se nos narra un evento en el cual Satanás logra plantar duda en el corazón de Adán y Eva. “Cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal”, dijo la serpiente.[2] Desgraciadamente Adán y Eva le creyeron a la serpiente y desobedecieron a Dios, quien explícitamente prohibió comer de dicho árbol.[3] En vez de confiar en el Creador, pensaron erróneamente que sabían más que Dios. Adicional a esto, cuando Dios les confrontó, ninguno aceptó la culpa.

¿Qué es el orgullo?

  Thomas Tarrants define el orgullo de la siguiente manera: “…una actitud de autosuficiencia, autoimportancia, auto-exaltación con relación a Dios. Hacia otros, es una actitud de indiferencia y desprecio.”[4] El orgullo nos coloca en el centro de la existencia. C.S. Lewis le llama “el gran pecado”.[5] Dice Lewis:

De acuerdo a los maestros cristianos, el vicio esencial, el mal más extremo, es el orgullo. La impureza, la cólera, la codicia, las borracheras y todo eso, esto es tan solo una picada de pulga en comparación: fue por medio del orgullo que el diablo se hizo diablo: el orgullo lleva a todo tipo de vicios: es el estado mental completamente anti-Dios.

…el orgullo ha sido la razón principal detrás de la miseria de todas las naciones y todas las familias desde el comienzo del mundo.[6]

Este último punto de Lewis es importante, pues la caída de Adán y Eva no es un evento aislado, sino que afectó a todo ser humano. En Romanos 3 el apóstol Pablo escribe:

Romanos 3:10-12

«No hay un solo justo, ni siquiera uno;11 no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios.12 Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!»

Algunos teólogos resumen esta condición con la siguiente frase: cor incurvatus ad se.[7] Es decir, el corazón del ser humano se ha tornado a sí mismo; es egoísta, centrado en sí mismo en vez de en Dios. Todos nacemos con esta condición caída. Jesús lo pone de la siguiente manera:

Marcos 7:21-23

21 Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, 22 la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. 23 Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona.

La situación en la que nos encontramos es crítica. Todos padecemos de orgullo, de una forma u otra, aunque se nos haga difícil admitirlo. Examinemos un poco más el orgullo.

Clases de orgullo

  Santo Tomás de Aquino distingue entre cuatro clases de orgullo:[8]

1. Atribuirse una excelencia que uno no posee.

Adán y Eva fallaron pensando que tenían la capacidad de subsistir independientemente de Dios. ¿Cuántos hoy en día no viven exagerando sus capacidades? Es bien desagradable toparse con personas que se creen que las saben todas cuando en realidad no es así. Este tipo de orgullo es peligroso en dos sentidos. Primeramente, uno se puede meter en toda clase de líos. Desde quedar mal ante otros[9] hasta perder la propia vida.[10] Segundo, uno se priva de crecer, pues, si uno piensa que lo sabe todo, entonces nunca va estar en una actitud de aprender.

Hay personas que se consideran cristianas que pecan de esto cuando se muestran apáticos a cualquier tipo de exhortación. Esto no debe ser así. Según la palabra de Dios, todos estamos en un proceso de transformación a la imagen de Cristo (Romanos 8:29). Debemos contar con la ayuda de otros en el cuerpo de Cristo. Sin embargo, hay quienes con arrogancia no toman consejo (cf. Proverbios 12:15).

2. Pensar que uno ha adquirido para sí alguna excelencia que uno ha recibido como regalo.

Este tipo de orgullo ignora la fuente de la excelencia recibida. Lo vemos en niños que no agradecen a sus padres por las bendiciones recibidas. Lo vemos en personas que no reconocen los esfuerzos de otros en alguna labor. Sobre todo, lo vemos en personas que pasan por esta vida sin buscar de Aquel quien les dio la vida. Este tipo de orgullo es vil porque no promueve relaciones interpersonales.

3. Pensar que una excelencia recibida como regalo se debe a mérito propio.

Este tipo de orgullo elimina toda noción de gracia y amor en las relaciones interpersonales. Esta clase de orgullo dice, “tú haces esto por mí porque yo puedo hacer algo por ti.” El orgulloso de esta índole no reconoce actos de amor a su persona. Toda bendición que recibe piensa que es por algo que él o ella pueda traer a la ecuación. Esto lo vemos en personas que piensan que lo merecen todo por la razón que sea.

4. Pensar que la excelencia que se posee se torna mejor mientras otros carezcan de la misma.

¿Alguna vez has deseado algún bien porque nadie o pocos lo tienen? ¿Alguna vez le has perdido el gusto a algún bien porque otros comienzan a tener acceso a ese bien? De esto se trata este tipo de orgullo. El bien en cuestión cobra valor a medida que otros no tengan acceso al mismo. En esto se alegra el orgulloso, en ser superior a los demás. Un buen ejemplo de esto se puede ver en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lucas 18:9-14). Dice la Escritura:

Lucas 18:10-13

10 «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. 11 El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. 12 Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” 13 En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!”

El fariseo da gracias a Dios solo porque no es como el recaudador de impuestos mientras que este último simplemente clama por misericordia ante Dios por sus pecados. El fariseo no se preocupa por la condición del recaudador de impuestos. Al contrario, se alegra de su miseria. Jesús declara que el recaudador de impuestos fue justificado ante Dios, no el fariseo.[11]

Definitivamente necesitamos ayuda para superar el orgullo que tan naturalmente se manifiesta en nosotros. Dios, por medio de Cristo y Su Santo Espíritu, nos da la oportunidad de renunciar a este modo de vida y reconciliarnos con Él. Ahora bien, envuelve dejar a un lado el orgullo.  ¿Cómo hacemos esto? Con la ayuda de Dios podemos optar por lo que se conoce como lo opuesto al orgullo: la humildad.

La humildad

  La palabra humildad proviene del latín humilitas, lo cual significa rebajarse.[12] Esto involucra rendirnos ante Dios; humillarnos ante Él, someternos a Su voluntad y reconocerle como rey de nuestras vidas. En oposición al orgullo, la humildad:

1. Reconoce nuestra condición tal y como es.

Tarrants lo pone de la siguiente manera:

Somos criaturas de Dios: pequeñas, finitas, dependientes, limitadas en inteligencia y habilidad, inclinados a pecar y destinados a morir y enfrentar el juicio de Dios (Hebreos 9:27). Pero también somos hijos de Dios [los que estamos en Cristo]: creados, amados y redimidos solo por la gracia de Dios, no por nada en o por nosotros; y dotados por Dios con ciertos dones, habilidades, recursos y ventajas, que han de usarse para Su gloria.[13]

La persona orgullosa no vive conforme a la realidad. El humilde se somete a la realidad y vive conforme a la misma. Como se suele decir, la humildad no es pensar menos de ti, sino menos en ti. Por ejemplo, un buen músico no deja de ser humilde por reconocer sus talentos. Por otra parte, un estudiante humilde reconoce su ignorancia y así logra aprender. Jesucristo, el ejemplo de humildad por excelencia, no dejó de ser humilde por revelar que era el Hijo de Dios. La humildad no exagera ni menosprecia.

Por lo tanto, para ser humildes debemos recordar quiénes somos a la luz de la Palabra. Esto es algo que debemos practicar, pues tendemos a ser olvidadizos. Saca un tiempo y de vez en cuando recuerda estas cosas mencionadas por Tarrants. Ten un concepto claro y real de quién eres y recuerda que no lo sabes todo.

2. Reconoce el bien realizado por otros.

La humildad es relacional; reconoce no tan solo la labor de otros, sino a las personas en sí. El atleta que reconoce la labor de su entrenador por una victoria es un ejemplo de humildad. También lo es el niño que agradece a sus padres por algún regalo recibido.

Si queremos ser humildes, debemos aprender a reconocer a quienes nos bendicen día tras día. Expresemos nuestro agradecimiento frecuentemente y dediquemos tiempo a estas personas.

3. Reconoce que no todo se lo merece.

La humildad exalta el amor y la gracia. El amor procura el bien de otra persona y se deleita en ella sin esperar nada a cambio. La gracia procura el bien de alguien que no se lo merece. La persona humilde se deleita y descansa en el amor y gracia que recibe. También procura extender este amor y gracia a otros, reconociendo cuánto Dios le ha amado (Juan 3:16). No busca merecerlo todo, pues a) entiende que no es más valioso que otras personas, b) que realmente hay cosas que no merece y c) no todo en la vida es una transacción. El pecador que se arrepiente ante Dios y acepta el sacrificio de Cristo para salvación es un ejemplo de humildad.

Tenemos que aprender a amar y ser amados. Practica bendecir a otros sin esperar nada a cambio, solo pensando en el bien de las personas. Practica también pensar que no lo mereces todo. Deleitate en el amor de Dios y otros, no buscando dar porque recibiste. Si correspondes el amor recibido, que sea por amor, no por deber.

4. Se deleita en que otros participen de las bendiciones de Dios.

El orgullo quiere acaparar cosas para sí mientras que la persona humilde procura extender bendiciones a otros, sabiendo que Dios ama a toda persona. Ejemplos de esto son aquellas personas que proclaman el evangelio a otros porque desean que otros conozcan de Cristo. Otro ejemplo sencillo es el mero hecho de compartir alguna comida con otra persona.

Piensa en las bendiciones que Dios y otros te han dado y busca qué puedes hacer para que otros participen de ellas. Evita pensar que eres superior a otros por las bendiciones que tienes.

5. Piensa en otros más que en sí mismo.

El apóstol Pablo escribió lo siguiente a la iglesia de Filipos:

Filipenses 2:3-4

3 No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. 4 Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.

Luego de escribir esto, procede a hablar sobre el ejemplo por excelencia de este punto sobre la humildad.

Filipenses 2:5-11

5 La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús,

6 quien, siendo por naturaleza Dios,

   no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse.

7 Por el contrario, se rebajó voluntariamente,

   tomando la naturaleza de siervo

   y haciéndose semejante a los seres humanos.

8 Y al manifestarse como hombre,

   se humilló a sí mismo

   y se hizo obediente hasta la muerte,

       ¡y muerte de cruz!

9 Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo

   y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,

10 para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla

   en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra,

11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor,

   para gloria de Dios Padre.

Por amor, Jesucristo, siendo por naturaleza Dios, se humilló para salvarnos de nuestros pecados. Si Él fue humilde a tal magnitud, los cristianos están llamados a ser humildes también. Jesús dijo a sus discípulos, “el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor” (Mateo 20:26).[14]

Hagamos un análisis de nuestro tiempo. ¿Cuánto de nuestro tiempo estamos sirviendo a otros? ¿Cuánto de nuestro tiempo estamos velando por los intereses de otras personas? ¿Miramos a los demás con una actitud de superioridad? Practiquemos seguir el consejo del apóstol Pablo en estos pasajes y mantengamos la mirada puesta en Cristo.

¿Orgullo o humildad?

  Muchos no están dispuesto a hacer esto. De hecho, históricamente fuera de la tradición judeocristiana la humildad rara vez es considerada como una virtud.[15] Pero si queremos dejar el orgullo, debemos entrenarnos en la humildad. Permitir que el orgullo tome control de nuestro ser tiene consecuencias muy graves. Primeramente, el orgullo nos priva de conocer a Dios. Peter Kreeft escribe: “La razón más grande por la que Dios odia el orgullo, la razón por la cual el orgullo es tan infernal, es que nos priva de conocer a Dios, nuestro gozo supremo. El orgullo mira hacia abajo, y nadie puede ver a Dios excepto mirando hacia arriba.”[16] Segundo, no podrás ser de bendición en el cuerpo de Cristo. La vida cristiana es imposible cuando se exalta el “yo” por encima de los demás. Tercero, sin humildad es imposible disfrutar del cielo nuevo y tierra nueva que Dios promete a sus hijos (Apocalipsis 21:1-4). Dios será el centro de atención en ese futuro glorioso. En el cielo no existirá el orgullo, sino que la humildad será una virtud característica de todos los santos. No soltar el timón de nuestra vida por orgullo últimamente lleva a uno al infierno.[17] Dicho lugar está lleno de aquellos que siempre quisieron vivir a su manera. Con mucha razón dice Kreeft que el himno por excelencia del infierno, si alguno, sería “A mi manera.”[18]

  Preguntémonos, ¿qué me caracteriza más? ¿El orgullo o la humildad? Se ha explorado lo dañino, lo diabólico que es el orgullo. También vimos que la cura al mismo lo es la humildad, rendidos ante Dios y Su Palabra. No es que la humildad sea lo más importante en la vida cristiana, pero, como dijo Juan Crisóstomo, “La humildad es la raíz, madre, enfermera, fundamento y lazo de toda virtud.”[19] Es la clave que nos mantiene en un proceso de restauración por parte de Dios.

  ¿Qué decisión tomaremos? Leímos al principio: “Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:12). Escojamos la ruta de la humildad. Es un proceso, pero Dios, por su Santo Espíritu, obrará en nuestros corazones si así lo permitimos. Quizás no recibamos mucha atención o buen trato por parte de los demás aquí en la tierra, pero sí por parte de Dios.[20] Como dice la letra de un himno, “no hay lugar más alto, más grande, que estar a los pies de Cristo.”[21] Eventualmente, el que se humilla, será enaltecido por Dios (Santiago 4:10).[22]

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En la época medieval se identificaba el orgullo como la raíz de de los vicios y la humildad como la raíz de las virtudes. Esto se puede apreciar en estos dibujos de la época. En la izquierda abajo aparece superbia (soberbia u orgullo) y a la derecha humilitas (humildad). Las imágenes fueron obtenidas de Wikipedia.

Notas:

[1]  Textos tomados de la Nueva Versión Internacional.

[2] Génesis 3:5.

[3] Génesis 2:15-17.

[4] Thomas A. Tarrants, “Pride and Humility,” C.S. Lewis Institute, accessed August 16, 2016, http://www.cslewisinstitute.org/Pride_and_Humility_SinglePage.

[5] C. S. Lewis, “Mere Christianity,” in The Complete C. S. Lewis Signature Classics (New York, NY: HarperCollins, 2007), 103. Este capítulo de Lewis lo recomiendo grandemente en cuanto al tema del orgullo.

[6] Ibid., 103 y 105. Otros a lo largo de la historia han considerado el orgullo como la raíz del pecado. Ver por ejemplo San Agustín, La Ciudad de Dios, 14.13; Santo Tomás de Aquino, ST I-II, Q. 84.

[7]  Richard A. Muller, Dictionary of Latin and Greek Theological Terms : Drawn Principally from Protestant Scholastic Theology (Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1985), 84.

[8] Este análisis es tomado en gran parte de Andrew Pinsent, “Humility,” en Being Good: Christian Virtues for Everyday Life, ed. Michael W. Austin and R. Douglas Geivett (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2012), Kindle Electronic Edition: Localización 2870.

[9] Por ejemplo, alguien que diga que sabe arreglar una computadora cara y termina dañándola.

[10] Por ejemplo, un surfista que cree ser experto siendo novato y termina ahogado.

[11] Se puede argumentar que el fariseo también es culpable del primer tipo de orgullo mencionado, atribuyéndose una excelencia que carece (i.e., una buena relación con Dios).

[12] John Dickson, Humilitas: A Lost Key to Love, Life, and Leadership (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2011), Edición Kindle: Localización 161. En la Biblia, aparecen palabras con el mismo significado: anawa en el Antiguo Testamento (Sofonías 2:3) y tapeinos en el Nuevo Testamento (Santiago 4:10), por ejemplo.

[13] Tarrants, “Pride and Humility”.

[14] Filipenses es excelente para reflexionar sobre el tema de la humildad. Esto es explorado en José R. Martínez, Tesoros de una carta ignorada (Miami, FL: Christian Editing, 2010).

[15] Ver los capítulos 5 y 6 de John Dickson, Humilitas.

[16] Peter Kreeft, Back to Virtue: Traditional Moral Wisdom for Modern Moral Confusion (San Francisco, CA: Ignatius Press, 1992), Edición Kindle: p. 102.

[17] Así como el orgullo terminó en el exilio de Adán y Eva del Edén.

[18] Peter Kreeft, Back to Virtue, p. 100.

[19] Citado por Tarrants en “Pride and Humility”.

[20] Ver Salmo 37; Isaías 57:13; 60:21.

[21] Esta canción aparece en el disco Como en el cielo de Miel San Marcos. Éste la canta junto a Christine D’Clario.

[22] En 1 Pedro 5:6, Pedro dice lo siguiente: “Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo”. Comentando sobre este pasaje, Wayne Grudem escribe:

Ni el momento específico ni el tipo de “exaltación” son especificados, así que es mejor entender el pasaje de manera general: “que en el tiempo Dios estime mejor, sea en esta vida o en la próxima, Él los levante de su humilde condición y ‘ exalte’  en la manera que Él mejor entienda–quizás solo en términos de mayor bendición espiritual o comunión más profunda consigo, quizás también en términos de responsabilidades, recompensas u honores que sean vistos por otros.”

Ver Wayne A. Grudem, 1 Peter: An Introduction and Commentary, vol. 17, Tyndale New Testament Commentaries (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1988), 201.

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